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Agarró un martillo y empezó a golpear el auto de un policía. Sin mediar preámbulos lo agarraron del cuello y arrastraron hasta la celda. Él simulaba estar perdido.

Resolvieron mandarlo a una institución. El tratamiento era por tiempo indefinido.

Pasaron unas semanas y fui a visitarlo. Tenía que ser cautelosa, así que mentí respecto de mi nombre. Hablé con una persona que no supo decirme dónde estaba. Le pregunté a otra y tampoco sabía. Su cama estaba desecha. Abrí su armario y solo encontré un par de cigarrillos. Una persona se acercó a mí:

– Se fue… se fue anoche.

– ¿Le dijo a dónde iba?

– Sólo me comentó que quería estar solo.

Se había marchado sin mí. Quizá él pensaba que era lo mejor, que ya no podíamos seguir juntos.

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Maldito placer

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Sin embargo, él quedó tras las rejas y a mí me liberaron.

Hablé con una persona que había conocido en tiempos que prefiero olvidar. Se trataba de una persona con alto rango en política, que podría facilitar su liberación.

“Hay que simular que tuvo un ataque de locura, que necesita una tratamiento especial… Después, una vez que esté internado, nadie lo controlará; el lugar está muy abandonado”.

Por Pamela Valletta

Maldito placer

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Llegué al bosque contenta como una niña desesperada. Caminé, corrí, volé. Por un momento, me olvidé de todo.

Con la respiración agitada, me senté en el pasto. Volví a pensar en él. A la distancia nos odiábamos, nos extrañábamos, nos amábamos. Nuestro crimen nos separaba. Pero aún existía la posibilidad de cambiar nuestro destino.

Justo cuando estaba entrando en la comisaría, oí que alguien me llamaba. Me di vuelta y lo vi quitándose el sombrero.

– ¿Qué hacés?

– Voy a confesar. Ya no aguanto más esta situación.

Me tomó de la mano:

– Vamos juntos.

Nos esposaron a los dos mientras respondíamos algunas preguntas. Nuestras cabezas miraban hacia abajo, había pasado casi un año del hecho. Nos llevaron a una celda compartida. Yo me quedé parada cerca de la reja. Él se acurrucó tristemente en el piso, como un perro sin techo.

A la mañana nos trajeron un plato de comida. Yo no tenía apetito, pero él me acercó una cucharada a la boca. Sus ojos me miraban con ternura.

– ¿Qué hiciste en todo este tiempo?

– Traté de vivir, de olvidarte.

Me limpió la boca con su mano.

– ¿Qué vas a decir?

– Voy a decir que me tenía encerrada, que no me dejaba vivir.

Un guardia le indicó que saliera de la celda. Cuando se estaba yendo me guiñó un ojo, “todo va estar bien” parecía decirme.

“Maldito placer”

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Al principio me alegré de que mis amigos le hubiesen dejado la cara rota. Pero cuando alguien contó que lo había visto armar una valija y subirse a su auto, sentí que una parte de mí se desvanecía.

Ahora que había logrado expulsarlo del pueblo, no veía razones para ser feliz.

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No habló con nadie. Tomó sus cosas y se marchó.

Se fue rápido y en silencio, escapando de nuestro crimen.

Por Pame Valletta

“Maldito placer”

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Mi amor se transformó en una desgarradora venganza. Una venganza que quería aniquilar algo y, al mismo tiempo, mantenerlo vivo.

A veces recorría los caminos pensando en él. Y contenía el estúpido llanto que quería mojarme la cara.

Nuestro secreto  -bien guardado-  nos mataba a los dos.

Ya no nos teníamos confianza. Y si ambos permanecíamos en el pueblo, sería un tormento.

Y así fue.

Unos muchachos que me conocían lo dejaron tirado en la calle.

Tal vez eso lo alejaría.

Por Pam Valletta Escritora, 2017.

“Maldito Placer” (microrrelato en serie)

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En el pueblo no me quieren. Lo único que puedo hacer es entregar mi cuerpo, mientras él se burla de mí.

A veces lo cruzo por la noche, cubriéndose la cara con su sombrero antiguo, como un fugitivo.

Quisiera acercarme, decirle algo. Pero después me arrepiento.

Podría mandarlo a la cárcel si quisiera. Pero él me arrastraría.

Mientras tanto, sigo paseando mi cuerpo por el pueblo.

Yo sé que el muere por estar conmigo, pero no pienso darle ni una milésima de mí.

Por Pam Valletta Escritora, 2017.