Empieza el juego

Algunos tomaban tragos en la barra, otros conversaban en las mesas al ritmo de una banda de jazz que animaba la noche. Lorena se acercó al escenario, tratando de hacerse notar. Fernando tomaba a dos chicas de la mano y se las llevaba con él. Lorena frunció el ceño. Enroscó una pierna a la otra, pensando en que no le había dicho nada acerca de su vestido, de lo bien que le sentaba. Fernando abrazaba a una chica y ésta le buscaba la boca. La banda de jazz hacía una música maravillosa, que evocaba otra época, quizá la década del cuarenta. Fernando se llevaba a las chicas con él. “Debería estar ahí”, pensó Lorena cruzándose de brazos. La noche giraba alrededor y ella se había convertido en una simple espectadora. Le hizo señas a un mozo para que se acercara. Se sentía frustrada. Minutos más tarde un hombre se sentó a su lado. Sin mirarlo, le contó que era de Buenos Aires. Él le dijo que era formoseño. Qué bien, acotó ella volviendo la cabeza hacia los músicos. Fernando parecía estarla pasando muy bien, parecía haberla olvidado por completo.

Playa-Bonita-bariloche

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En medio del movimiento de gente y voces que se mezclaban, Lorena fijó su mirada en el fuego de la chimenea. Las llamas la alcanzaban. Sonrío. El tiempo no había logrado matar los recuerdos, ni las sensaciones. Antonio, tomándola repentinamente del brazo, le dijo que el micro de la excursión se estaba yendo.

– ¿Cuántos años tendrá?

– ¿Cuarenta?

Antonio se mordió el labio. Noelia y Sofía se estaban poniendo un poco empalagosas. ¿Ese tipo se merecía una conversación? Trató de seguir las palabras del guía, que hablaba acerca de las especies del bosque.

Las cabezas se volteaban hacia todos lados admirando la belleza del paisaje. Aunque el frío era intenso, el paseo por el lago era emocionante. Antonio, dejando sus binoculares, les dijo a sus amigas que les tomaría una foto. Las chicas, sonrientes, se abrazaron.

01

Soltando una nueva historia

I . La llegada

Una ráfaga de viento voló los papeles que estaban sobre el escritorio. Lorena se apuró a recogerlos, recorriendo la figura masculina que se encontraba delante de ella. Fernando le agradeció, sin reparar en sus ojos que lo miraban con emoción. Después, balanceándose en su silla giratoria, le dijo al grupo que la temporada invernal era estupenda, que podrían disfrutar de largas tardes de esquí. Lorena se alejó unos pasos. Las aberturas de madera. Las plantas. Los cuadros. Las fotos. Los sillones. Sonrió. No veía grandes cambios. Se acercó a un espejo. Fernando hablaba con sus amigos.

Sofía observaba el biombo con dibujos orientales y el empapelado, que parecía pintado a mano. Noelia, recostada en una cama, decía que tenía hambre. Antonio, parado junto a la puerta, chequeaba su teléfono. Lorena entró en el baño. ¿Fernando la recordaría? Abrió la canilla del lavatorio. ¿Fernando se habría dado cuenta de que era ella?

Sofía señalaba los lugares que habían marcado en el mapa. Antonio decía que la excursión por el lago Nahuel Huapi era lo primero en su lista. Noelia, mirando su plato de pastas, deslizó:

– Está muy rico… como el dueño del hotel.

Lorena se atragantó.

– Tranquila, yo también pienso que el dueño del hotel es un estúpido – dijo Antonio riéndose.

BY PAME

02

“Encadenados”

 

– ¿Pensaste que puedo llegar a pasar muchos años acá?

– Sí… pero no podía más con esto.

Tiempo después a ella la liberaron. Él, aún preso, simulaba estar “perdido”, para que lo internaran en alguna institución.

– Van a volver a interrogarte. ¿Qué vas a decir?

– Voy a decir que me tenía encerrada, que no me dejaba vivir.

La joven caminaba por las calles de Retiro, empujada por la gente, envuelta por el ruido de la gran ciudad. Como un torbellino recordó las tardes de osadía que transformaron su vida.

– Entonces no estás arrepentida.

– No estoy arrepentida de nosotros.

Se acercó a la ventana de un bar. Él estaba sentado en el fondo, mirando el diario, esperándola.

Por Pamela Valletta (2018).

“Encadenados”

– Podríamos haber encontrado otra salida.

– ¿Estás arrepentida?

Comenzaron a verse en secreto. Ella se sentía deseada, viviendo con total inconciencia una aventura impensada. Pero una tarde su novio la siguió. Iba a contarle a su familia. Iba a contarle a todo el mundo. Iban a mirarla de otra manera. Iba a perder todo.

– ¡No quiero volver con él, no lo quiero!

– Tranquila, vamos a pensar en algo.

El novio “desapareció”. Empezaron a buscarlo. Él pensaba que era peligroso que los vieran juntos, así que se alejó. Ella se sentía desolada, sin saber a dónde ir. Después de tenerla cautiva, atada a su pasión, la arrojaba al vacío. Después de acunarla con el infierno de su cuerpo, la estrellaba contra una pared. Después de enseñarle el frenesí, de ponerla al límite de la locura, la apartaba de su camino. Sin sus tardes de pasión, no era nadie.

***Continúa***

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“Encadenados” por Pamela Valletta

La joven entró en “El Bárbaro” mirando hacia todos lados. La gente pedía tragos. Los mozos se movían. La música animaba el lugar. Las luces creaban una atmósfera íntima. Y él estaba sentado en el fondo, siendo parte de ese rompecabezas, escondiéndose detrás del diario que simulaba leer.

– Por fin nos encontramos.

La noche llegaba a la ciudad. Ella lo miraba con los ojos encendidos.

– Tenía miedo de no volver a verte.

– Yo estoy siempre.

Se habían conocido en un atardecer caluroso. Él manejaba su camioneta, ella esperaba el colectivo en una calle solitaria. Recorrieron un largo trayecto juntos. Los perros ladraban detrás del alambrado cuando se acercaron a la casa.

– A veces no puedo evitarme acordarme…

– Todo eso está lejos.

Ella se reía, hablaba de cualquier cosa. Él le quitó la ropa y la empujó a la cama.

***Continúa***

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Me fui a vivir temporariamente con una amiga. Mientras la ayudaba con algunas cosas, proyectaba cómo iba a ser mi vida de ahora en más.

Una mañana lo vi llegar con su valija. Mis ojos no lo podían creer. Sus ojos se alegraban de encontrarme.

– Pensé que te habías ido lejos.

– Sólo necesitaba tiempo… pasaron tantas cosas.

Nos fundimos en un abrazo sin fin. Éramos pecadores, aunque también sobrevivientes.

Habíamos desafiado nuestro destino.

Por Pamela Valletta (2018)