La oscuridad del deseo III

El muchacho le señaló la corbata y le recomendó que se la probara. Narciso se quitó el abrigo y dijo, con tono altivo, que no disponía de mucho tiempo.

– ¿Cómo se ve?

Narciso, mirándose con vanidad, dijo que estaba acostumbrado a otro tipo de corbatas, a una marca determinada. En su interior se dijo que nada de lo que veía allí le gustaba y que el muchacho era un “pobrecito”.

– ¿Así? – preguntó el muchacho ajustándosela un poco.

Narciso, tosiendo, dijo que estaba bien.

– ¿Qué tal?

Nuevamente el muchacho había tirado de la corbata. Narciso, clavándole la mirada a través del espejo, le dijo que se tenía que ir, que estaba apurado. Pero el muchacho siguió ajustando, cada vez con más y más fuerza. Narciso lo miró con ojos desorbitados, no podía respirar. Ese tipo no era tan insignificante como parecía. ¿Su novia lo habría mirado? ¿A su novia le habría gustado? Estaban lejos del mostrador, nadie no los podía ver. No podía quitárselo de encima, le parecía estar viviendo una escena de un película de terror. Pero era real y su vida se estaba apagando.

Entré en la galería. Mis pasos eran rápidos. Narciso no me llamaba, pero no me importaba. Era el momento de terminar la relación. Sin explicaciones, no las quería ni las necesitaba.

El muchacho estaba en la puerta del local, terminando un cigarrillo. Sonreí. Quería embriagarme con todo su ser.

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