“La oscuridad del deseo”

Apoyé la mano en la baranda y bajé la escalera de aquella solitaria galería. Mis pasos eran pesados e imprecisos. Narciso me irritaba; era tan calculador, tan soberbio. Y yo, tristemente, había aprendido a fingir.

Pero debía olvidarlo. O, lo que era mejor, sacarlo de mi vida.

Me paré delante de un negocio que vendía corbatas. En el mostrador había un muchacho mirando una revista. También vendía cinturones y pañuelos. Apoyé mis manos sobre el vidrio: si fuera capaz de cambiar mi realidad, emergería de la oscuridad.

– ¿Es para un hombre joven?

– Es para… para mi papá.

Mientras el muchacho buscaba dentro de un cajón, yo lo observaba con disimulo. Elegí una corbata. Toqué la tela. Lo miré a él. Sus ojos eran oscuros y penetrantes.

– ¿La probamos?

La idea de probarme una corbata me resultaba rara, pero extrañamente no me opuse. Nos acercamos a un espejo y gentilmente me ayudó a quitarme el abrigo. El roce de sus manos sobre mi cuello me estremeció. Su camisa, algo desabotonada, dejaba ver su piel dorada.

 

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