Encuentros del pasado (11)

 

Lorena seguía viajando en un estado de profunda ensoñación. Fernando apenas le había hablado; ella, bajo los efectos del encantamiento, no había percibido la actitud cortante. Es más, creía que mantenía distancia por coqueteo y esa actitud lo volvía más excitante.

Una tarde siguió a la encargada de la limpieza hasta el cuarto de Fernando. Esperó pacientemente a que la mujer terminara su trabajo y, cuando la vio alejarse, entró en la habitación.

Fernando tenía una cama grande, con una importante cabecera y un acolchado muy elegante; parecía la cama de un rey. Cerca de la ventana había un escritorio con fotos. Las observó con detenimiento. Se lo veía con amigos, mujeres y quizá algún familiar. Se acercó a una ventana: la vista era maravillosa. Se sentó en la cama; las sábanas eran muy suaves. Imaginó a Fernando durmiendo. El hotel tenía buena calefacción, así que supuso que dormiría desnudo. Al tocar la almohada visualizó su cara de rasgos cortantes y masculinos. Corrió un poco el acolchado e imaginó sus brazos fuertes estirándose. Imaginó una vida junto a Fernando. Tendría un novio envidiable, el más hermoso, el más excitante. Corrió hacia el televisor y jugó con el control remoto. De pronto escuchó unas voces.

– Qué hermosa habitación.

Fernando estaba acompañado.

– ¿El televisor encendido? Qué extraño.

Lorena, que estaba escondida debajo de la cama, sentía que la traición se despachaba en su cara. Fernando se sentó en el borde de la cama y Sofía se agachó, delante de él. Lorena, con la cabeza sobre el piso, sintió asco. Fernando se dejó caer sobre la cama y Sofía encima de él. Sus cuerpos rodaban sobre el colchón. ¿Cuánto duraría aquello? Él estaba jugando y ella, siendo torturada. Podía escuchar el disfrute; sus ojos azules la estarían penetrando. No quería oír, pero era imposible: estaba atrapada. Los encuentros del pasado la golpeaban. Fernando contándole una historia para envolverla, para desnudarla por completo. Fernando fingiendo ternura para disfrutar con su cuerpo. Vio caer el largo cabello de su amiga por el borde de la cama. Por un momento tuvo ganas de arrancárselo. “¿Tan rápido te olvidaste de mí?”. Escuchaba las palabras sucias que se proferían, con ella no había hablado así. Ahora recordaba las últimas palabras: “Bueno, vamos, no me voy a quedar todo el día acá”. La intolerancia de Fernando había aflorado. Sí, ya no tenía ganas de quedarse con ella, sólo quería mostrarle sus autos, escuchar algunos halagos y divertirse un poco. Y hasta quizá imaginaba otro rostro para no contemplar su estúpida expresión. Antonio tenía razón; ese hombre iba a lastimarla.

– ¿Qué te pasó en la cara?

Una mano de Fernando colgaba a un costado de la cama.

– ¿En la cara…? Estaba sacando unas carpetas de un armario y… se me vinieron encima.

 

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