Encuentros del pasado (10)

Revelaciones

Antonio, recostado en la cama grande, miraba el teléfono que estaba sobre la mesa de luz. Era un aparato antiguo, con cable. Agarró el tubo. Se incorporó en el respaldo.

– ¿Cómo anda el negocio?

– Bien.

Antonio colocó una mano encima del tubo.

– ¿Bien?

– Bueno… podría estar mejor.

– ¿Cuántas chicas?

– En este momento tres.

– Ok… ¿y cómo está el hotel?

– Bastante tranquilo.

Antonio apoyó el tubo en la base y se quedó pensando.

*  *  *

Lorena había ido a caminar por el centro. Antonio la vio a través de una vidriera. Sorprendida, ella le preguntó qué hacía allí. “Lo mismo que vos”, respondió él. La invitó a tomar un café. “Iba a volver al hotel”, se excusó ella. “Quiero hablarte”, dijo él acercándose. Caminaron juntos. “Creo que deberíamos volver a Buenos Aires”. “¿Qué decís?”. “Lorena, ese tipo anda en algo turbio. No quiero que te pase nada”, dijo él agarrándola de un brazo. “Yo conozco a Fernando desde antes, no me tenés que explicar nada sobre él”. Antonio se quedó mirándola, sin entender.

f60d766a162300d0751db93de66e0e69Fernando supervisaba a una empleada. Hablaba por teléfono – charlaba con alguien, se reía a carcajadas, concertaba una negociación –  y de reojo miraba a la chica.

– ¿Qué estás esperando?

La empleada, que no llegaba a los veinte años, llevó las manos hacia atrás.

– Quizá… tal vez… en algún momento de soledad… uno nunca sabe.

– Sí, señor – asintió ella tras escuchar ese confuso vaivén de palabras.

– Tengo otro trabajo para ofrecerte… Después hablamos.

Antonio bajaba la escalera del hotel.

– Pero no me comprometas, ¿ok?

La chica, que estaba parada delante de la chimenea, bajó la cabeza.

– Soy tu jefe, ¿entendés? – la reprendió Fernando, caminando alrededor de ella.

– Sí, señor.

– Entonces no me provoques.

Los ojos de Antonio recorrieron rápidamente el lugar mientras aquella voz metálica penetraba en sus oídos. Esa voz metálica, ridícula, falsa.

La empleada subió la escalera llevándose la escoba. Fernando, chequeando su teléfono ultramoderno, dijo:

– Es muy joven, tiene que aprender.

Antonio resopló. Detestaba esa voz, desde el primer día en que la había escuchado.

– Creo que viene de Salta.

Antonio se volvió hacia Fernando, quien lo estaba mirando. Se precipitó hacia él y acorralándolo contra una biblioteca, le gritó:

– ¡Cobarde!

Fernando se hundió en un rincón, cubriéndose la cabeza.

 

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