Maldito placer (7)

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Llegué al bosque contenta como una niña desesperada. Caminé, corrí, volé. Por un momento, me olvidé de todo.

Con la respiración agitada, me senté en el pasto. Volví a pensar en él. A la distancia nos odiábamos, nos extrañábamos, nos amábamos. Nuestro crimen nos separaba. Pero aún existía la posibilidad de cambiar nuestro destino.

Justo cuando estaba entrando en la comisaría, oí que alguien me llamaba. Me di vuelta y lo vi quitándose el sombrero.

– ¿Qué hacés?

– Voy a confesar. Ya no aguanto más esta situación.

Me tomó de la mano:

– Vamos juntos.

Nos esposaron a los dos mientras respondíamos algunas preguntas. Nuestras cabezas miraban hacia abajo, había pasado casi un año del hecho. Nos llevaron a una celda compartida. Yo me quedé parada cerca de la reja. Él se acurrucó tristemente en el piso, como un perro sin techo.

A la mañana nos trajeron un plato de comida. Yo no tenía apetito, pero él me acercó una cucharada a la boca. Sus ojos me miraban con ternura.

– ¿Qué hiciste en todo este tiempo?

– Traté de vivir, de olvidarte.

Me limpió la boca con su mano.

– ¿Qué vas a decir?

– Voy a decir que me tenía encerrada, que no me dejaba vivir.

Un guardia le indicó que saliera de la celda. Cuando se estaba yendo me guiñó un ojo, “todo va estar bien” parecía decirme.

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