¡Llegamos a la última parte de “Sabrina”!

[La joven se vio envuelta en una extraña situación provocada por las sucias intenciones Mariano y los celos de Facundo]

¿Qué sucede al final? ¡No dejen de leerlo!

….Sabrina temblaba en un rincón. Transformado por la ira, Facundo agarró al chico de un brazo y lo arrastró por toda la casa.

– ¡Andate antes de que llame a la policía! – exclamó arrojándolo a la calle.

Resoplando, cerró la puerta. Caminó hasta la cocina, con pasos lentos, tratando de volver en sí.

– ¿Hay alguna manera de arreglar esto? – preguntó Sabrina con los ojos enrojecidos.

Sin mirarla, misterioso, Facundo le dijo que sí, que esa misma noche lo “resolverían”.

**Fin**

Por Pamela Valletta

Aclaración: las fotos (que muestran personas) que aquí publico, no son de mi autoría.10352138_850249388343323_705571313659057129_n

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¡Continuamos con la historia de “Sabrina”!

[Sabrina ha dejado entrar en la casa a Mariano, y ahora éste la va a meter en serios problemas]

– ¿Dónde guarda la plata?

Mariano empezó a revisar los cajones del escritorio. Un ruido de llaves retumbó en la casa, subiendo por la escalera, hasta llegar a las habitaciones. Sabrina le dijo que se fuera, que era una locura lo que estaba haciendo, pero el muchacho continuaba metiendo sus manos en el interminable papelerío.

– ¿Qué es esto…?

El dueño de la casa observó al muchacho, los cajones abiertos de su escritorio y la pollera corta de la chica.

– ¡Fue ella!

– ¿Qué estaban haciendo en mi escritorio?

– ¡Ella me dejó pasar… y después me hizo enloquecer!

Sabrina temblaba en un rincón.

*Continuará…*

By Pame

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Una historia intrincada

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Sabrina bajó las escaleras. Cuando llegó a la cocina, Facundo estaba ojeando el diario.

– ¿Qué van a hacer hoy?

La chica, con el camisón corto, se sentía incómoda.

– No sé… tal vez vayamos al cine.

Facundo cerró repentinamente el diario:

– Yo las llevo.

Sabrina reflexionaba. El acercamiento de Facundo. El costoso obsequio. Los muchachos. Sabrina escuchó que alguien llamaba a la puerta.

– ¿Está tu amiga?

Era Mariano. Alisándose la pollera, la joven le contó que Magalí había salido.

– Uf, tengo tanto calor… ¿Tendrías algo para tomar?

Aunque no estaba segura, Sabrina lo dejó entrar.

– Guau…Qué casa… Este tipo tiene mucho dinero, ¿no?

Mariano observaba cada mueble, cada artefacto. En la cocina, abrió la heladera como si estuviera en su propia casa.

– ¿Dónde tiene la plata?

– ¿De qué hablás?

[Continuará]

Por Pamela Valletta

¡Continuamos con más historias!

… Facundo empujó suavemente la puerta de la habitación.

– Magalí está en el altillo.

Él, cerrando la puerta, dijo que no venía por su sobrina. Confundida, Sabrina dejó el maquillaje. Facundo le entregó una bolsita de terciopelo y le pidió que no tenga miedo. Sabrina no entendía. Miró dentro. Un collar con piedras azules. Sabrina estaba más que sorprendida. El tío de su amiga no podía regalarle eso. Pero él insistió: quería vérselo puesto.

***

– ¿Quién es el hombre que está con ustedes? – preguntó Mariano.

– Es el tío de mi amiga… ¿Cuándo lo viste?

El muchacho se giró para ver a su amigo y Magalí, que caminaban unos pasos detrás de ellos.

– Estaba asomado a una ventana.

[Continuará…]blog3

Por Pamela Valletta

Una nueva historia… ¡que la disfruten!

La chica hacía zapping arrojada sobre el cómodo sofá. La amiga, tras chequear insistentemente su teléfono, se puso de pie:

– Voy a tomar un poco de aire.

Magalí se asomó a la puerta; su amiga, sentada en la escalinata de piedra, había encendido un cigarrillo. Sin nada interesante que hacer, sus miradas no hacían más que devolverse hastío. Hasta que un auto estacionó delante de la casa. Sabrina, dejando el cigarrillo, se arregló el cabello. Mientras descargaba unas compras del baúl, Facundo dijo que había comprado helado, de la heladería que a ellas les gustaba. Magalí entró en la casa detrás de su tío, contándole que había tenido problemas para llenar la pileta; la amiga se quedó en la puerta, sintiendo el aroma de los jazmines.

– ¿Sabrina?

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La chica volvió a conectar. Eran dos muchachos que sonreían amablemente.

– ¿Qué hacés por acá?

– Estoy pasando unos días con una amiga.

– ¿En serio…? Nosotros estamos parando a tres cuadras.

Sabrina sonrió.

Horas más tarde, Facundo empujaba la puerta de su habitación…

[Continúa]

Por Pamela Valletta

“Amor siniestro”(final)

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… Lo encontró detrás de un viejo armario. Con la linterna, le alumbró la cara. Le tocó la cara blanca, la boca roja. Desde que Daniel había encontrado a aquella cosa, ya no la miraba como antes, ni le hacía regalos. Observó el vestido. Se lo tironeó. Le quitó bruscamente el pañuelo que tenía en la cabeza. Elena sentía placer y no se avergonzaba de ello.

Cuando estaba por arrancarle el vestido, las velas se apagaron de golpe, quedando encendida únicamente la de color negro. Flor -el maniquí- empezó a tambalearse hasta caer sobre ella. Elena entró en pánico. Inútilmente trató de sacárselo de encima, pues lo único que logró fue tirar cajas de películas y también la vela negra que, tras tambalearse diabólicamente durante unos segundos, lanzó su fuego sobre una pila de bolsas de nylon. La sala se iluminó con las luces de un fuego infernal. Más tarde, la sirena de los bomberos se mezclaba con las voces de los vecinos que se agolpaban delante del videoclub.

La policía informó que nada había sobrevivido al incendio. Daniel se cubrió la cara. Las llamas de la sorpresiva hoguera devoraban a Elena mientras el maniquí se derretía; la boca roja se deshacía sobre la cara horrorizada.

Ese fuego le había arrebatado a su amor.

Por Pamela Valletta

“Amor siniestro” (continuación)

…Era cierto, ya no tenía tiempo para ella. Daniel se asomó a una ventana. El viento levantaba las cortinas de género. Ya no pensaba en ella. Se levantó el cuello de la camisa y volvió a su trabajo.

Elena entró sigilosamente en la sala, que estaba oscura y atiborrada de casetes de películas. Con una linterna alumbró las paredes: afiches de películas y cuadros. El día del adiós había dado un fuerte portazo con lágrimas en los ojos. Había cruzado la calle sin prestar atención a los autos. Con su sombra, que se proyectaba tenebrosamente en la pared, continuó adentrándose en lo desconocido. De pronto, dos velas rojas, y en el centro, una de color negro, brillando con intensidad, en una especie de altar. Elena tuvo un mal presentimiento. ¿Quién habría encendido esas velas? Pero continuó internándose en ese oscuro laberinto. Debía seguir hasta el final…

Por Pamela Valletta

[Continuará]Mar del Plata 053